miércoles, 17 de julio de 2013

BURGER, BURGHER, HAMBURGER (Concierto para Bandas y coros polifónicos)


Al filo de la temática del Pleno del Consejo Vecinal del martes día 16 de Julio me encuentro en la obligación de relatar la lector lo poco o mucho que se de del Burger. Es bien sencillo, burger es hamburguesa si lo traducimos directamente del ingles, es a su vez ciudadano o burgués si interponemos una h y lo traducimos del alemán o nuevamente del inglés.

Como lo normal es aplicar la primera acepción, sigamos la normalidad. Hamburguesa es una tortita de carne picada con otros ingredientes, frita o asada; por cierto, palabra importada del inglés americano “hamburger”.

Sentados esos principios y sin que sirva de precedente culinario, voy a analizar que relación guardan estas conocidas “tortitas” con nuestro Benidorm.  Hace algo más o menos como un lustro y medio amerizó, aterrizó o fondeó, juntamente con la llegada del la US Navy a nuestras aguas, una empresa de origen americano que instaló en terrenos donados al Ayuntamiento por un vecino, un establecimiento dedicado a la restauración teniendo como estrella invitada a las conocidas “tortitas” que citaba al comienzo.

Mediante un mecanismo administrativo propio del momento, el solar en el que solamente se podían ocupar 90 m2, se ocupó de la noche a la mañana, al 100 %, consiguiendo con esa incomprensible -hasta cierto punto- medida, dos objetivos: El primero, tapar completamente a la vista la entrada al único Cementerio Municipal que hasta entonces teníamos. El segundo propiciar un nuevo negocio en un momento de total expansión turística de nuestra urbe.

Amordazar, rodear, comprimir y esconder nuestro Cementerio Municipal estoy seguro que no era el objetivo principal, sino más bien fue un daño colateral propiciado por la citada expansión -para algunos codicia- que  la especulación del suelo nos regalaba día a día.

Para la instalación y posterior apertura del nuevo negocio se firmaron entre empresa y Ayuntamiento en Escritura Pública unos condicionantes simples, claros y concisos: Pago de una cantidad por el usufructo del solar, construcción a cargo de la empresa explotadora del negocio, duración perfectamente definida de 10 años, y a su terminación desmantelamiento de las instalaciones y limpieza del solar a cargo igualmente de la empresa a la que se le concedía la apertura.

Y todos felices y contentos... ¿Todos? Todos no, porque sin ir mas lejos solo había que preguntar a los numerosos vecinos que tenían a sus deudos en el oculto Cementerio Municipal. Para el comentario más suave y delicado empleaban adjetivos tales como vergüenza, irrespetuoso, etc., etc. Eso sí, las partes contratantes estaban felices y contentas.

Vamos a ser más claros y contundentes si cabe. El Cementerio Municipal se ubicó en su momento muy acertadamente, en un alto junto a la playa en el sitio que le correspondía, frente al mar. Frente a nuestro Mediterráneo. Frente a nuestras aguas teñidas de azul y repletas de vida. Mar que durante siglos ha dado y sigue dando sustento y futuro a generaciones de benidormenses. Esos marineros allí enterrados, esos familiares de los marineros, este conglomerado de vecinos venidos de fuera que sabemos respetar a los difuntos propios y extraños, que tenemos a todos nuestros hijos nacidos en nuestro Benidorm a nuestros difuntos en el eterno reposo de nuestro suelo, no nos merecemos tal desprecio, oprobio y ocultismo. No nos merecemos que escondan a nuestros difuntos, a nuestro origen, a nuestro patrimonio moral y ético, amparándose en una falsa e interesada evolución urbanística  dirigida por quienes directa o indirectamente solo han tratado con su actitud, de inflar desmedidamente su patrimonio jugando de forma despreciable con unos sentimientos y derechos que nunca debieron ser pisoteados ni ultrajados.

Pasaron los años. Pasaron los 10 años, los 11, 12 y... los que pasarán, porque como dice una conocida canción “nos sorprendió la luna” ¡Pero que luna! No la luna de Benidorm, sino más bien la “luna de Valencia”, esa luna que sorprendía siglos atrás a los que no llegaban a tiempo a las puertas de la amurallada Valencia y quedaban obligados a dormir a la luna de Valencia. En nuestro caso venimos años durmiendo “a la luna de la tortita”. Y los que nos quedan.

Y así andamos dormidos más o menos cinco años, año arriba, año abajo. Dormidos, claro está los responsables (más de uno) que debieron exigir el cumplimiento de lo pactado. Dormidos, los que no fueron capaces de cuidar y velar como era su obligación del patrimonio municipal. Dormidos, dormidos, dormidos. Extraño sueño.

Al fin, hace poco tiempo uno de esos responsables salió casualmente de su letargo político-administrativo, despertó tratando de reconducir la situación a su debido destino para uso y disfrute de los vecinos de Benidorm.  Puso el tema en manos del Consejo Vecinal y éste investigó y descubrió el magnífico negocio de la “tortita” americana y le aconsejó lo único aconsejable. Cumplir y hacer cumplir lo pactado en Escritura y por supuesto recuperar para las arcas municipales  el importe “indeterminado y no pactado” del uso del solar desde la finalización del contrato hasta nuestros días y por supuesto la libre propiedad del terreno.

Pero -siempre hay algún pero- parece ser que para no aumentar la cifra de 6.700 parados que sufrimos nos tenemos que convertir los 72.000 vecinos censados de Benidorm en rehenes  (no encuentro mas adecuado adjetivo) de la empresa explotadora de las “tortitas”, porque su pactado cierre supone el despido de sus empleados, empleados que fueron previamente engañados y estafados cada vez que uno de ellos firmó su contrato sin que la explotadora les advirtiera de la precariedad de su explotación. Se le ha dado de plazo a la empresa explotadora de tan redondo negocio hasta el 31 de diciembre próximo para que cumpla el compromiso que suscribió hace quince años. ¿Acabaremos con las “tortitas” o a “tortazos”? Tiempo al tiempo.

Un compañero me comentaba la mañana del Pleno que debía considerar que ese negocio (obviando su ilegalidad) en ese emplazamiento era un punto estupendo de reunión, sobre todo para la juventud y por otra parte que era fundamental respetar los puestos de trabajo con esta crisis. No dudo de la bondad del punto como centro de reunión, aunque prefiero la próxima playa a 50 escasos metros, donde también tratan de ganarse la vida ilegalmente unos vendedores de refrescos, pareos, sangrías, mojitos e incluso masajes corporales. Pero si por la crisis económica y laboral olvidamos que la base de la más tibia democracia es la Ley... ¡Yo sigo con la democracia y la crisis defendiendo la legalidad!.

Por cierto, desde hace tiempo que no como “tortitas”. Prefiero el “bocata” si la economía no me alcanza a más.


José A. Corachán Marzal


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