Al
filo de la temática del Pleno del Consejo Vecinal del martes día 16 de Julio me
encuentro en la obligación de relatar la lector lo poco o mucho que se de del
Burger. Es bien sencillo, burger es hamburguesa si lo traducimos directamente
del ingles, es a su vez ciudadano o burgués si interponemos una h y lo
traducimos del alemán o nuevamente del inglés.
Como
lo normal es aplicar la primera acepción, sigamos la normalidad. Hamburguesa es
una tortita de carne picada con otros ingredientes, frita o asada; por cierto,
palabra importada del inglés americano “hamburger”.
Sentados
esos principios y sin que sirva de precedente culinario, voy a analizar que
relación guardan estas conocidas “tortitas” con nuestro Benidorm. Hace algo más o menos como un lustro y medio
amerizó, aterrizó o fondeó, juntamente con la llegada del la US Navy a nuestras
aguas, una empresa de origen americano que instaló en terrenos donados al
Ayuntamiento por un vecino, un establecimiento dedicado a la restauración
teniendo como estrella invitada a las conocidas “tortitas” que citaba al
comienzo.
Mediante
un mecanismo administrativo propio del momento, el solar en el que solamente se
podían ocupar 90 m2, se ocupó de la noche a la mañana, al 100 %, consiguiendo
con esa incomprensible -hasta cierto punto- medida, dos objetivos: El primero,
tapar completamente a la vista la entrada al único Cementerio Municipal que
hasta entonces teníamos. El segundo propiciar un nuevo negocio en un momento de
total expansión turística de nuestra urbe.
Amordazar,
rodear, comprimir y esconder nuestro Cementerio Municipal estoy seguro que no
era el objetivo principal, sino más bien fue un daño colateral propiciado por
la citada expansión -para algunos codicia- que
la especulación del suelo nos regalaba día a día.
Para
la instalación y posterior apertura del nuevo negocio se firmaron entre empresa
y Ayuntamiento en Escritura Pública unos condicionantes simples, claros y
concisos: Pago de una cantidad por el usufructo del solar, construcción a cargo
de la empresa explotadora del negocio, duración perfectamente definida de 10
años, y a su terminación desmantelamiento de las instalaciones y limpieza del
solar a cargo igualmente de la empresa a la que se le concedía la apertura.
Y
todos felices y contentos... ¿Todos? Todos no, porque sin ir mas lejos solo
había que preguntar a los numerosos vecinos que tenían a sus deudos en el
oculto Cementerio Municipal. Para el comentario más suave y delicado empleaban
adjetivos tales como vergüenza, irrespetuoso, etc., etc. Eso sí, las partes
contratantes estaban felices y contentas.
Vamos
a ser más claros y contundentes si cabe. El Cementerio Municipal se ubicó en su
momento muy acertadamente, en un alto junto a la playa en el sitio que le
correspondía, frente al mar. Frente a nuestro Mediterráneo. Frente a nuestras
aguas teñidas de azul y repletas de vida. Mar que durante siglos ha dado y
sigue dando sustento y futuro a generaciones de benidormenses. Esos marineros
allí enterrados, esos familiares de los marineros, este conglomerado de vecinos
venidos de fuera que sabemos respetar a los difuntos propios y extraños, que
tenemos a todos nuestros hijos nacidos en nuestro Benidorm a nuestros difuntos
en el eterno reposo de nuestro suelo, no nos merecemos tal desprecio, oprobio y
ocultismo. No nos merecemos que escondan a nuestros difuntos, a nuestro origen,
a nuestro patrimonio moral y ético, amparándose en una falsa e interesada
evolución urbanística dirigida por
quienes directa o indirectamente solo han tratado con su actitud, de inflar
desmedidamente su patrimonio jugando de forma despreciable con unos
sentimientos y derechos que nunca debieron ser pisoteados ni ultrajados.
Pasaron
los años. Pasaron los 10 años, los 11, 12 y... los que pasarán, porque como
dice una conocida canción “nos sorprendió la luna” ¡Pero que luna! No la luna
de Benidorm, sino más bien la “luna de Valencia”, esa luna que sorprendía
siglos atrás a los que no llegaban a tiempo a las puertas de la amurallada
Valencia y quedaban obligados a dormir a la luna de Valencia. En nuestro caso
venimos años durmiendo “a la luna de la tortita”. Y los que nos quedan.
Y así
andamos dormidos más o menos cinco años, año arriba, año abajo. Dormidos, claro
está los responsables (más de uno) que debieron exigir el cumplimiento de lo
pactado. Dormidos, los que no fueron capaces de cuidar y velar como era su
obligación del patrimonio municipal. Dormidos, dormidos, dormidos. Extraño
sueño.
Al
fin, hace poco tiempo uno de esos responsables salió casualmente de su letargo
político-administrativo, despertó tratando de reconducir la situación a su
debido destino para uso y disfrute de los vecinos de Benidorm. Puso el tema en manos del Consejo Vecinal y
éste investigó y descubrió el magnífico negocio de la “tortita” americana y le
aconsejó lo único aconsejable. Cumplir y hacer cumplir lo pactado en Escritura
y por supuesto recuperar para las arcas municipales el importe “indeterminado y no pactado” del
uso del solar desde la finalización del contrato hasta nuestros días y por
supuesto la libre propiedad del terreno.
Pero
-siempre hay algún pero- parece ser que para no aumentar la cifra de 6.700 parados
que sufrimos nos tenemos que convertir los 72.000 vecinos censados de Benidorm
en rehenes (no encuentro mas adecuado
adjetivo) de la empresa explotadora de las “tortitas”, porque su pactado cierre
supone el despido de sus empleados, empleados que fueron previamente engañados
y estafados cada vez que uno de ellos firmó su contrato sin que la explotadora
les advirtiera de la precariedad de su explotación. Se le ha dado de plazo a la
empresa explotadora de tan redondo negocio hasta el 31 de diciembre próximo
para que cumpla el compromiso que suscribió hace quince años. ¿Acabaremos con
las “tortitas” o a “tortazos”? Tiempo al tiempo.
Un
compañero me comentaba la mañana del Pleno que debía considerar que ese negocio
(obviando su ilegalidad) en ese emplazamiento era un punto estupendo de
reunión, sobre todo para la juventud y por otra parte que era fundamental
respetar los puestos de trabajo con esta crisis. No dudo de la bondad del punto
como centro de reunión, aunque prefiero la próxima playa a 50 escasos metros,
donde también tratan de ganarse la vida ilegalmente unos vendedores de
refrescos, pareos, sangrías, mojitos e incluso masajes corporales. Pero si por
la crisis económica y laboral olvidamos que la base de la más tibia democracia
es la Ley... ¡Yo sigo con la democracia y la crisis defendiendo la legalidad!.
Por
cierto, desde hace tiempo que no como “tortitas”. Prefiero el “bocata” si la
economía no me alcanza a más.
José A. Corachán
Marzal

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